"Los estúpidos nunca cambian de opinión. Es algo que sostengo desde hace mucho tiempo”."
Relatos en 101 palabras.
Por LEONEL D'AGOSTINO.
@leodago_
"Los estúpidos nunca cambian de opinión. Es algo que sostengo desde hace mucho tiempo”."
Conocí a Víctor y supe, como en una premonición, que él iba a ser el primero. Estoy de espaldas, recostada sobre una escalera de mármol. Con Víctor vivimos momentos intensos; siempre respetó mis tiempos, mis dudas, mis idas y venidas. El canto de un escalón cruza mis piernas, otro mi cintura, otro mi cuello; pero no existe dolor, porque por primera vez mi cuerpo forma una tercera y mágica entidad con otro. Víctor era el elegido; no sé porqué (y ya no me importa) estoy recostada de espaldas en las escaleras de mármol, ofrendándole mi virginidad al encargado de su edificio.
"«Movete tranquilo que te cubrimos la espalda». Al otro día, ellos mismos le dispararon. Pero cumplieron su palabra: el tiro fue al pecho."
Simún es convocado para actuar en una fiesta homenaje: última oportunidad para regresar a la magia. Su hija sabe que los ochenta años del padre no pasaron en vano e intenta evitarlo, pero Simún, a escondidas, se presenta. Desempolva viejos trucos. Cuando, hacia el final de la fiesta, busca un voluntario para La Guillotina En El Dedo, llega su hija. Es la única que se ofrece a participar.
Vuelven a casa. Simún orgulloso de su regreso; ella también. El taxi se detiene en la casa del mago; se despiden. La hija indica al taxista el camino más rápido hacia un hospital.
Todo aquel que ingresa al Túnel sale muerto o trastornado. Todos con distintos recuerdos, excepto los muertos. El Héroe es convocado y acepta. Antes de entrar cruza una mirada con una mujer de rasgos rectos. En el Túnel, La Voz se presenta; cuenta detalles del Héroe que sólo él conoce.
El Héroe avanza.
La Voz advierte que, si sigue, obtendrá el peor castigo.
Él continúa.
Tres fantasmas representan el relato de La Voz: una mujer de rasgos rectos; una hija pequeña agoniza en brazos del Héroe espectral. El Héroe sale; la mujer de rasgos rectos se acerca para agasajarlo: sigue vivo.
"Digo lo que siento. Y digo lo que cientos."
El Rey presentó un desafío irreal: ver simultáneamente los insondables rincones reales. Para ello, mandó a llamar al pintor más talentoso. Quien le alertó dificultades: grandes extensiones; infinitos tiempos. El Rey le regaló su caballo más veloz y predilecto. Resignado, el Pintor construyó un sofisticado atril sobre la montura y partió. Pintó campos, desiertos, montañas, mares, cielos. Siete años después regresó al palacio. El Rey observó, minucioso, los lienzos. No desentrañó paisajes conocidos ni páramos imaginados: sólo vio millares de líneas horizontales. Sin violencia, mandó sacrificar Pintor y caballo. Luego, ordenó buscar un pintor menos talentoso. Y un caballo más lento.
"Te morís y ves pasar toda tu vida ante tus ojos. Si no tuviste éxito, ves pasar sólo hasta la segunda temporada."
Frente a la panza de su paciente Mabel T., Beatriz diagnosticó embarazo psicológico, aunque paciente y test de embarazo afirmaran lo contrario.
Meses después, Mabel abandonó la terapia para dar a luz a su primogénito. Beatriz continuó insistiendo en la patología de su paciente, quien montaba el espectáculo bajo preceptos de una psique enferma.
Ocho años más tarde, por casualidad, Beatriz encontró a Mabel y a su hijo en el patio de comidas de un shopping. La licenciada acarició la cabeza del niño y dijo, resignada: «Es increíble hasta dónde puede llegar un embarazo psicológico. Lamento, Mabel, que hayas abandonado terapia».
"Está bien, me convierto al Satanismo. Pero a la primera cosa rara que vea, me salgo."
Una semana después de haberse mudado a la casa, el olor a romero —al que, en un principio, llamaron «aroma», alabando sus propiedades estimulantes y tónicas— se tornó, sencillamente, insoportable. En el jardín, en la terraza, en el living, la cocina, el comedor y en cada uno de los dormitorios, el romero crecía cual último sobreviviente. Intrigados, los propietarios llamaron a la anterior dueña. Luego de una charla amena quisieron saber cuál era el mejor método para quitarse de encima el agobiante aroma a romero. «Si quieren un consejo: no lo quiten», respondió la anciana: «un marido muerto huele mucho peor».
"Siempre imagino que el paciente que entra a terapia justo cuando yo salgo sufre un trastorno terrible e incurable. Me hace sentir bien."
Después de dar el segundo hachazo a un tronco, el leñador se detuvo al ver a la Muerte.
—¿Vienes a llevarme? —preguntó el leñador, con más resignación que temor.
—Claro que no —respondió la Muerte—, sería descortés de mi parte llevarte sin un aviso previo.
Un poco más tranquilo, el leñador decidió regresar a su cabaña. Pero, al abrir la puerta, se encontró, una vez más, con la Muerte.
—Ahora sí vengo a llevarte.
—No entiendo… Hace un rato, en el bosque, dijiste que antes de hacerlo ibas a avisarme.
—¿Y no consideras aquello un aviso suficiente? —dijo la Muerte.
"Los idiotas que creen en teorías conspirativas no advierten que son cuentos inventados por un pequeño grupo de personas que quiere dominar el mundo confundiéndonos con relatos apócrifos."
La espera es lo peor. Dos líneas de diálogo —aunque sabemos que no es obligatorio que las diga— una única entrada. La semana pasada, el Colorado (y ya lo extraño); la próxima, el Rengo (no va a extrañarme). El tintineo de mis esposas provoca un efecto exótico entre el silencio del público y las sentencias sobreactuadas (de ellos, los actores). No discuto la condena; supongo que es justa y merecida. Pero sí la ignominia: me juzgaron los mismos que pagaron por el mejor asiento, para presenciar esta obra mal escrita, urdida con la excusa de un único, espectacular y fatídico final.